JESÚS PEDREIRA CALAMITA
En estos últimos meses, han sido muchos los medios de comunicación –entre otros, The Guardian, The Economist o Channel4 que se han hecho eco de las lamentables condiciones de vida existentes en el Sahel.
Geográficamente este territorio africano limita al norte con el Desierto del Sáhara, e incluye en su inmensa extensión de 4000 km2 (ocho veces España) desde el Oceáno Atlántico en el oeste hasta el Mar Rojo en el este. Incluye el sur de Mauritania, Senegal, Mali, y Argelia, norte de Guinea, Burkina Faso, Nigeria y Camerún, así como territorios de Níger, Chad, Sudán y Eritrea.Su clima se caracteriza por dos estaciones claramente marcadas:
1. De escasez de lluvias, unos largos nueve meses, entre octubre y junio.
2. Lluviosa, de julio a septiembre.
La estación seca ha provocado una práctica desertización de la zona.
Pero, cuando llega la época de lluvias, la situación tampoco es mejor, ya que se producen desbordamientos de ríos y se inutilizan las cosechas agrícolas.
Es decir, el clima no puede ser más duro. Se pasa de la absoluta aridez a fortísimas inundaciones.
Sobrevivir es casi un milagro.
Un clima, por lo tanto, extremo, que oscila de la sequía absoluta y la consiguiente aridez a las tremendas inundaciones, sin tecnología agraria e hídrica que permita aprovechar las caudales de lluvias. Pareciera que la supervivencia fuera casi un milagro que dependiera de los caprichos divinos.
En la estación seca, es muy frecuente que los termómetros lleguen a los cincuenta grados. La población pasa por períodos cíclicos de hambrunas dada la absoluta dependencia de la misma de la agricultura y la ganadería. Añadamos, otros fenómenos extremos como las frecuentes tormentas de arena, unos cien días cada año.
Veamos una consecuencia: sólo en Níger medio millón de niños menores de cinco años tienen malnutrición.
El Sahel, palabra árabe, que significa “borde” y “costa”, es una de las regiones que aglutina a parte de los países con menor desarrollo humano conforme a los indicadores del PNUD.
La ONU ha resaltado que diez millones de personas de esa zona de África corren el riesgo de morir a causa de la sequía que sufren desde el año pasado. Pero esto no resuelve el problema de fondo: la incapacidad de los gobiernos de la región para organizar Estados viables. Estamos además ante la miopía de los gobiernos occidentales preocupados por la seguridad estratégica, es decir, de los intereses que operan en la zona, no de la seguridad de las personas.
Los esfuerzos de las Organizaciones Internacionales –Programa Mundial de Alimentos de la ONU, o las ayudas de la UE, entre otros-, son intensos, pero tampoco dan sus frutos, pues la solución no pasa sólo por parar el hambre del momento, hay que posibilitar la soberanía alimentaria.
A lo largo del siglo XX hubo períodos de grandes catástrofes en el Sahel. Quizás el peor año fue el de 1914, donde hubo muy pocas lluvias. Catástrofes que se han repetido de forma cíclica, y que generaron la creación del Fondo Internacional para el Desarrollo de la Agricultura.
Los agricultores emigran en la estación seca desde los poblados agrícolas hasta las ciudades en busca de comida. En algunos casos hasta 1000 km.. Un modelo de estas migraciones son Mauritania o Burkina Faso. ¿Hay alguna solución a este gravísimo problema? ¿Emigrar? ¿Abandonar los territorios donde ha habitado desde tiempo inmemorial sus antecesores? Pareciera que el clima extremo, y las condiciones infrahumanas, la dureza y rigor de las sequías, y las incontrolables tempestades lluviosas, pueden con los seres humanos; pero no es el caso, veamos otro ejemplo: la agricultura israelí. Por ello podemos concluir que ese no es el principal problema del Sahel.
El Sahel está necesitado de gobernantes capaces y de planes estructurales por parte de la comunidad internacional; ésa es la solución al hambre, la miseria, y la malnutrición. Las entidades sin ánimo de lucro, las ONGD que trabajamos en la zona, entre otras Movimiento Canario por la Paz (MCAPAZ), somos sólo una parte de la solución a la emergencia, necesitamos potenciar y formar a las poblaciones locales en programas de seguridad alimentaria como los que desarrolla MCAPAZ en Mali, Mauritania y Senegal, con el objetivo de impedir que la malnutrición se convierta en hambre y el hambre en muerte.
Pero es además fundamental y absolutamente prioritario un Plan Internacional del Sahel que implemente planes de desarrollo conforme a los objetivos del Milenio y que ponga a las personas y no a las corporaciones en el centro de la política. Hagamos políticas para las personas